Nueva entrevista a Marion en Fotogramas.


Estrena ‘Pequeñas mentiras sin importancia’

M. Cotillard: Magnifique Marion

  • Marion Cotillard ha vuelto. A París. De la gran pantalla no se ha ido. En ella, esta francesa de 35 años se confirma como una de las estrellas del cine mundial. Con el último Woody Allen (‘Midnight in Paris’) en cartel, Cotillard estrena ‘Pequeñas mentiras sin importancia’, tercer film de Guillaume Canet, su pareja en la vida real y padre de su primer hijo.

por Daniel J. Lahn (Toronto). Foto: Mason Poole. – 24/05/2011

Marion Cotillard

 

Equilibrio. En Marion Cotillard (París, 1975) todo es equilibrio. En su carrera, en su vida personal, en su modo de vestir o, incluso, en su forma de sentarse. Como ahora, en el mismo borde de un inmenso y recargadísimo sofá de una no menos inmensa y recargada suite de este hotel canadiense de toque afrancesado. Como si, gracias a este recogimiento corporal, Cotillard equilibrara el espacio, el ambiente, el tono. Y es que esta parece ser la misión (inconsciente o no) de Cotillard: encontrar la nota justa. Entre cine de autor y éxitos de taquilla; protocolo y libertad; star system e intimidad; belleza y proximidad; o entre glamour y humor. Tomemos su forma de vestir como ejemplo: una camiseta azul marino XXL de rotos estratégicamente dispuestos combinada con unos jeans blancos ajustados y, como complementos, un par de pulseras y un brazalete de piel coronado con tres calaveras plateadas. Su estilo es tan natural, tan fresco, tan aparentemente poco premeditado, que hace que todo aquel (o sobretodo aquella) que se le acerque parezca excesivo. Puede que sus ojos, inmensos, vidriosos, transparentes, también ayuden a conseguir ese equilibrio que la ha convertido en un icono de la moda. Cotillard pasó una tarde de septiembre con FOTOGRAMAS para hablar de cine, de Pequeñas mentiras sin importancia’, su tercer film junto a su pareja, el actor y realizador Guillaume Canet, de llamadas, a medianoche y en París, de Woody Allen, de su vocación casi frustrada, de sus parejas en la gran pantalla o de la noche que cambió su vida.

Medianoche en Hollywood

La noche del 24 de febrero de 2008 marcó la vida de Marion Cotillard: esa fue la noche en la que ganó el Oscar a la Mejor Actriz por su metamorfosis en Edith Piaf en ‘La vida en rosa’ (Olivier Dahan, 2007). “Recuerdo –nos cuenta en un inglés susurreante, sin casi acento y marcando mucho las pausas–, recuerdo que me llamó mi agente y me dijo que Olivier estaba escribiendo, para mí, un guión basado en la vida de Edith Piaf. Sinceramente, por ese entonces no la conocía demasiado. Sabía que tenía una voz extraordinaria y poco más. Un año después Olivier terminó el guión y me lo pasó”. Y de saber poco de la Piaf pasó a ser la Piaf, un trabajo que le valió una lluvia de premios. Su discurso al recogerlo –”Gracias al amor. Gracias a la vida. Es verdad que en esta ciudad hay ángeles“– le abrió, de par en par, las puertas de Hollywood. “¡Uf! Pasé volando por la ceremonia de los Oscar. De repente estaba sobre un escenario junto a Prince, cantando, en su casa, al lado de Stevie Wonder… Aún vestida de largo y con la estatuilla en la mano. Y después recuerdo celebrarlo con mis amigos y mi familia… Fue mágico, aunque lo recuerdo todo entre brumas, como flashes. Y a la mañana siguiente tenía programada una visita, junto a Michael Mann, a una tribu india para preparar mi personaje en ‘Enemigos públicos’ (2009). Tener la oportunidad de trabajar en Estados Unidos, rodar a las órdenes de Christopher Nolan o Michael Mann, para una actriz a la que le encanta probar cosas diferentes es como estar en un recreo perpetuo“. Y aquí es donde nos damos cuenta de la realidad del cuento de hadas que vive Cotillard: uno en el que la Cenicienta pasa más tiempo trabajando que bailando con el Príncipe.

Una princesa responsable
Esa combinación de capacidad de trabajo, responsabilidad y compromiso –u obsesión que dirían algunos–, más allá de su atractivo exotismo galo, es lo que ha deslumbrado a sus colegas y a los cineastas con los que ha trabajado. “No soy una persona muy polivalente, acierta a decir a modo de excusa, así que cuando trabajo me concentro solo en eso, en dar el 100 por cien de mí. Me sumerjo en mis personajes“. Y por eso empezaba cantando un tema de la Piaf cada uno de los días de los siete meses de producción de ‘La vida en rosa’… pese a que las escenas musicales del film fueron rodadas con playback. O, con ‘Enemigos públicos’, dejó de hablar en francés durante cuatro meses. Con todo el mundo. “Eso fue muy raro“, ríe. “Pero quería bordar el acento de Chicago de los años 30. No quería hacerlo bien, quería que fuera perfecto. Hablaba en inglés incluso con mis amigos que me llamaban desde Francia“. Dedicación y métodos que la unen con algunas de sus parejas en la gran pantalla como Johnny Depp, en la citada ‘Enemigos públicos’, Daniel Day-Lewis, en ‘Nine’ (Rob Marshall, 2009), o Leonardo DiCaprio, en ‘Origen’ (Christopher Nolan, 2010). “Los tres son grandes actores: Leo es inteligente, Daniel brillante y Johnny, íntegro“, sintetiza. Piropos de ida y vuelta que Nolan, con el que repetirá en breve en ‘The Dark Knight Rises’, tercera entrega de ‘Batman Begins’ (C. Nolan, 2005), acierta a concretar: “Marion es de ese tipo de actrices que puede hacer todo lo que quiera, es una artista de verdad. Su preparación es siempre intensa. Su compromiso y concentración, totales“. Por eso sorprende que toda la carrera de Cotillard se hubiese quedado en nada de no ser por un pez. Eso sí, un gran pez.

Vocación en peligro
Tras un lustro trabajando en Estados Unidos, que seguía a una década en la que encadenaba roles sin pausa en Francia, es difícil aceptar que Cotillard se planteara, “muy en serio, dedicarse a otra cosa“. Tanto compromiso, esa inquebrantable vocación de actriz, ¿dónde habría quedado? “Cuando tenía veintipocos años no lo tenía claro: ¿De verdad quiero hacer esto? No estaba muy contenta con cómo me iba todo“. Recapitulemos. Para ese entonces Cotillard era protagonista de una franquicia de éxito en el cine galo (las tres entregas de ‘Taxi’), había rodado con Guillaume Canet, su futura pareja, ‘Quiéreme si te atreves’ (Yann Samuell, 2003) y, pese a todo, “no estaba contenta: quería más pero no encontraba la forma de conseguirlo. Un día fui a ver a mi agente para decirle que quería dejarlo. Al menos durante un tiempo, para demostrarme a mí misma que podía hacer algo más, que la vida no se acababa siendo actriz. Pero antes de que pudiera contarle nada me dijo: Marion, Tim Burton quiere conocerte. ¡Guau! Tim Burton era mi ídolo. Ese era el más que le faltaba a mi carrera. Un más mucho mayor de lo que me atrevía a soñar. Me dije que si conseguía el papel significaba que sí, que tenía un sitio en este negocio. Si no lo conseguía, haría otra cosa. Lo que sigue es historia: Cotillard pasó el test y fue la Josephine Bloom de ‘Big Fish’ (T. Burton, 2003). Después vinieron roles impactantes, como el de ‘Largo domingo de noviazgo’ (Jean-Pierre Jeunet, 2004). O románticos, como el de Fanny, con el que sedujo a Russell Crowe en ‘Un buen año’ (Ridley Scott, 2006). Incluso el que estrena este mes en España, ‘Pequeñas mentiras sin importancia’.

Grandes e importantes verdades
De pequeña“, nos cuenta la actriz, “admiraba a Greta Garbo pero quería ser Peter Sellers. En casa no tuvimos TV hasta que cumplí 8 años. Nunca agradeceré lo suficiente a mis padres que me obligaran a usar mi imaginación“. Cotillard, pese a haber trabajado con Burton, Mann, Nolan o Woody Allen, habla de ‘Pequeñas mentiras sin importancia’ como “del film de su vida“. ¿Es por haber podido trabajar junto a su pareja? “Guillaume”, nos responde, “sabe lo que significa y comporta ser actor. Es un trabajador incansable y crea un espacio que le da a los actores una gran confianza. Te sientes libre para dar lo que se espera de ti. Pero no es eso… Hacía mucho tiempo que no interpretaba a un personaje tan próximo y de mi misma edad. Además es la primera vez desde que terminé La vida en rosa que hago un papel en francés. Ha sido muy refrescante“. En el film, Cotillard encarna a Marie, una chica de unos 30 años que rehuye el compromiso y se enfrenta a la vida sin ataduras. Esta manera de vivir se verá dramáticamente puesta a prueba en una tradicional reunión de amigos un verano. “No fue una película fácil. Casi todos los actores somos amigos en la vida real y hemos pasado muchos veranos en la zona donde rodamos. Eso lo hizo todo muy extraño: estaba rodeada de amigos en el mismo lugar en el que hemos pasado vacaciones juntos pero con nombres y pasados completamente diferentes y teniendo que recrear unas emociones y sentimientos que no nos eran desconocidos, pero, aún así, no eran nuestros. Tuvimos que redibujar por completo nuestra relación en beneficio de la película“.

Siempre nos quedará París
Pese a ser anterior, ‘Pequeñas mentiras sin importancia’ coincidirá en cartel con el que podría parecer su regreso cinematográfico a la ciudad de la luz: ‘Midnight in Paris’ (Woody Allen, 2011), nueva etapa en el tour vacacional del director por capitales europeas en la que Cotillard encarna a la musa que revoluciona la vida de Owen Wilson. “La primera vez que hablé con Woody“, recuerda, “estaba con unos amigos y me llamó al teléfono. Hablar con él es algo… indescriptible. Lo primero que dije al colgar fue: ¡Tiene la voz de Woody Allen! Fue muy divertido“. Presentada con bombo y platillo en Cannes, ‘Midnight in Paris’, marca su regreso profesional pero también personal a Francia. Al menos temporalmente y debido, especialmente, a su embarazo: “Me dejo guiar por lo que me hace sentir algo, y ahora mismo necesito tener a los míos cerca, a mi familia y amigos. Soy una chica de grandes sueños que tiene la suerte de poder vivirlos y, mientras tanto, seguir soñando y, también, vivir una vida de lo más real”.

 

Fuente: http://www.fotogramas.es/

 

Gracias a Solo Carito de nuestro Twitter, por el aviso.

 

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